Por José I. Bramonte
Resumen: Este artículo analiza las narrativas que giran alrededor de la escalada de la presencia militar de Estados Unidos en Latinoamérica y evalúa la complejidad del contexto político que explica, de alguna manera, la falta de un frente unido que rechace la intervención de Estados Unidos en Venezuela. Asimismo, sitúa la coyuntura actual en un historial largo de esfuerzos militares fallidos que produzcan cambios de régimen en el país, la trayectoria de la polarización de pensamiento que asocia anti intervencionismo con pro-Madurismo, y que define “democracia” según las metas de la oposición de la derecha política, quien a su vez ha gestionado la atención de Estados Unidos para la intervención en el país. Tomando en cuenta estos factores y la gravedad de la situación actual, este artículo propone la necesidad de ejercitar el imaginario político para condenar la escalada de la agresión y la posibilidad de una guerra entre Estados Unidos y Venezuela. A la vez plantea una vía alternativa que resuelva la crisis política y económica en Venezuela y construya una red de solidaridad a nivel internacional hacia el pueblo venezolano.
Desde septiembre de este año, el ejército estadounidense ha llevado a cabo una serie de ataques en contra de los supuestos narco terroristas que trafican drogas a Estados Unidos por medio de rutas en el caribe y el este de Pacifico. Estos ataques han sido acompañados de la construcción de un aparato militar en la región sin precedente que, hasta el momento, registra aproximadamente 105 muertes. Han surgido muchas preguntas al respecto, pero sobre todo si los ataquen caben dentro del marco legal.
Venezuela ha estado en medio de este conflicto y la idea de que Estados Unidos este en búsqueda del acceso a las grandes reservas de petróleo y otros recursos minerales a través del cambio de régimen ha surgido como una teoría que explica algunas de estas acciones. Para evaluar la complejidad de esta situación y lo que qu significa para Venezuela, tenemos que tomar en cuenta: 1) Las narrativas que se movilizan par justificar estas tácticas militares y 2) el historial de la polarización de pensamiento que asocia el anti-intervencionismo con el Madurismo y que define la democracia según las metas de la oposición de la derecha política, que a su vez gestiona la atención de Estados Unidos para la intervención del país.
Ponerle un alto a la escalada del conflicto entre Venezuela y Estados Unidos y la posibilidad de una guerra, debe ser uno de los llamados más claros que tenemos en este momento, un llamado que tiene que movilizar una red de solidaridad internacional alrededor de Venezuela y entre venezolanos. Sin embargo, este panorama político pide que los venezolanos y la comunidad internacional se unan para protestar la agresiones militares y las consecuencias previsibles catastróficas para el país y la región. Pase lo que pase en los próximos días, es muy posible que se forje el camino para el futuro de las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela, y a la vez se pongan en prueba los límites de nuestro imaginario y nuestra capacidad de acción política en esta coyuntura .
¿Cómo se explica el reciente interés de Estados Unidos en suramérica?
A pesar de que los ataques a embarcaciones venezolanas se han llevado a cabo por tres meses y medio, hasta hace poco ha habido una crítica desde Estados Unidos. El escrutinio se ha concentrado en “el segundo ataque” dirigido a los sobrevivientes del primer ataque realizado el 2 de septiembre, que de manera ambigua se considera como crimen de guerra. Asimismo, los congresistas que se han manifestado en contra de los ataques y que han intentando truncar estas acciones por medio de diversos mecanismos, los oficiales del gobierno de Trump sostienen que existe prueba de que aquellos que han sido asesinados son narcoterroristas, quienes han sido recategorizados recientemente como “combatientes enemigos” en vez de asesinatos extra judiciales, como algunos han denominado estas acciones. Oficiales del gobierno, como el ministro defensa Pete Hegseth, sostienen que los ataques son acciones legítimas para detener el flujo de drogas que mata a millones de personas en Estados Unidos, y esta es la razón por la cual el gobierno de Trump ve estos asesinatos como parte de la estrategia para la defensa de sus intereses nacionales.
Estas explicaciones de caracter ofical resucitan e incorporan la retórica de la guerra fría, la guerra contra las drogas y la guerra contra el terrorismo, además de que se asemeja a la inundación militar Estadounidense en los anos 90, pero hay una gran diferencia entre Venezuela y Colombia que cabe resaltar: Aunque programas como el Plan Colombia consolidaron la hegemonía en la región con la ayuda del gobierno y el ejército Colombiano, en el caso de catalogar a Venezuela y el gobierno de Maduro como enemigo, se trata de una construcción. El gobierno de Trump asegura que Venezuela es un centro de distribución para el tráfico de drogas y por lo tanto de actividad terrorista, y que el líder de tales operaciones es el mismo Nicolas Maduro. Por esta razón, Estados Unidos nombró a Maduro el líder del “Cártel de los Soles” y subió la recompensa de 25 a 50 millones por cualquier información que conlleve a su arresto. En este cártel, que algunos dicen no existir, supuestamente participan todos los miembros de las fuerzas armadas de Venezuela, ésto con el propósito de incrementar la presión dentro del gobierno y sus aliados.
Lo más preocupante de la narrativa imperial es el “derecho” de Estados Unidos de reclamar el petróleo y la tierra venezolana para justificar la última táctica de confiscar los tanques que transportan el petróleo venezolano porque supuestamente está sujeto a sanciones por parte de Estados Unidos. Estas acciones, sumadas a los anuncios de Trump de incursionar en el territorio venezolano, indican un aumento de agresión y la diversificación de las tácticas. A pesar de que en un principio Trump le advirtió a la prensa que no interpretara más allá de sus palabras (refiriéndose a los ataques a las embarcaciones, la posibilidad de una conversación telefónica entre Trump y Maduro, y el “cierre” del espacio aéreo venezolano, etc.), fue corroborada la sospecha del interés de Trump de apoderarse de las grandes reservas de petróleo venezolano por medio de la diplomacia a cañón.
¿Por qué los venezolanos no se manifiestan en contra de estas agresiones?
En sitios como la ciudad de Nueva York, señales de alarma y disidencia han sido más visibles. Grupos pequeños de protestadores han enfatizado que el 70% de estadounidenses rechaza la idea de una guerra con Venezuela, una cifra que hace poco apareció en una valla publicitaria en Times Square. Organizada por activistas de la izquierda que han aprendido del pasado y el presente de los movimientos en contra de la guerra, estos esfuerzos forman parte de los llamados de “no tocar a Venezuela.” Sin embargo, los venezolanos en Estados Unidos (un grupo de inmigrantes que no suele ser muy visible) parecen no unirse a estas protestas de manera masiva y algunos tienden a apoyar a la líder enjuiciada y recién ganadora del premio nobel de la paz, Maria Coina Machado. Este deseo por la intervención militar estadounidense para “solucionar” el problema venezolano, se debe a la historia de la polarización política que define los límites de la acción e imaginarios políticos en Venezuela, y ahora en la diáspora venezolana que cuenta con suficiente poder político.
Dentro de esta polarización política, la oposición al intervencionismo estadounidense ha sido asociada con la repetición del discurso antiimperialista del bolivarianismo, y así, si alguien se opone a la intervención en Venezuela y a la posibilidad de una guerra en la región, significa esa persona absuelve al gobierno de toda culpa, lo cual produce la crisis en la que nos encontramos desde hace diez a quince años. Esta crisis, que se ha intensificado después de la muerte de Hugo Chávez en el 2013, fue de carácter político (a medida que el gobierno se hacía más autoritario), pero más que todo se sintió en el deterioro de la situación económica y de las condiciones de vida, como por ejemplo: la caída vertiginosa de los precios del petróleo, un endeudamiento profundo, una inflación disparada e hiperinflación, la escasez de medicinas y alimentos, el colapso de la infraestructura de servicios (telecomunicaciones, agua, electricidad, etc.), altos niveles de crimen, salarios prácticamente inexistentes y la corrupción a gran escala del gobierno. Sin embargo, es de suprema importancia que veamos más allá de esta dicotomía en la manera de pensar y reconozcamos la gravedad de la situación actual.
Existe un reconocimiento de que las sanciones de Estados Unidos, que adquieren más fuerza durante el primer gobierno de Trump, han contribuido al colapso de la economía venezolana y por lo tanto la emigración masiva de venezolanos, primero a otros países latinoamericanos y luego a Estados Unidos. En vez de lograr un cambio de régimen, esas sanciones unilaterales han consolidado el poder de Nicolás Maduro sobre las fuerzas armadas y las mismas se han movilizado para justificar la construcción de un aparato represivo con el fin de protegerse de las amenazas como las operaciones encubiertas de la CIA y las conspiraciones para derrocar a Maduro con la asistencia de mercenarios. En años recientes, Maduro ha dirigido estas herramientas hacia el interior para asesinar a los criminales y reprimir la disidencia política. Por lo tanto, ya tenemos pruebas de que el intervencionismo de Estados Unidos no sólo no ha resultado en cambios positivos en Venezuela, sino que ha empeorado las condiciones.
El peligro de las trampas de nuestro imaginario
La oposición venezolana representada por figuras respaldadas por Estados Unidos como Juan Guaidó y María Corina Machado ha manejado la idea de que, tras años de agotar las vías de protesta, insurrecciones y elecciones fallidas, Venezuela podrá liberarse completamente del madurismo y el chavismo solo con la ayuda externa y el despliegue de fuerza, y las elecciones de julio de 2024 son prueba de ello. A María Corina Machado no se le permitió participar en las elecciones por sus llamamientos a la insurrección durante uno de los intentos de cambio de régimen en el 2014, llamado La Salida. La victoria no confirmada de que Maduro derrotó a Edmundo González (quien fue un reemplazo de Machado) consolidó la narrativa de que la única esperanza para que Venezuela saliera de la profunda crisis que atraviesa era con una insurrección respaldada por Estados Unidos.
Según el relato, para erradicar el “malestar” del chavismo, que ahora se convirtió en madurismo, hay que empezar de cero para “purgar” al país de cualquier residuo del socialismo, arrestar a todo responsable de violaciones a los derechos humanos y castigar o exterminar a cualquier persona que haya sido afiliada con el régimen criminal. La idea es que “si se requiere una guerra, ni modo, porque Maduro se lo buscó y los afectados son los venezolanos.” Esta narrativa tiene otros elementos como “si necesitamos venderle a Estados Unidos nuestro petróleo y nuestros recursos naturales para salir de este empobrecimiento que surge a raíz del experimento socialista que falló rotundamente que así lo sea”.
El odio contra el chavismo y el madurismo es muy común entre los venezolanos en el exterior. Muchos de ellos culpan a los gobiernos de Chávez y a Maduro por la destrucción de la economía del país, a la vez que minimizan el daño que han causado las sanciones de Estados Unidos. Existe la esperanza de que no todos estén a favor de la guerra y que tal vez se imaginen a Maduro y su séquito aceptando la derrota y saliendo del país de manera voluntaria, que el ejército sea el que lidere una insurrección en contra del gobierno, o que saquen a Maduro mediante una operación del ejército estadounidense de mucha precisión y sea sustituido por Machado, quien ganó las elecciones del 2024. Para que los venezolanos no sigan sufriendo, la fantasía consiste en facilitar una transición democrática que elimine al chavismo y al madurismo, y que los venezolanos puedan regresar de manera masiva para reconstruir el país. Este deseo está basado en un cierto tipo de “excepcionalismo venezolano” que forma parte de nuestra historia como una nación “rica” en petróleo, aunque lo que se ha visto en la historia apunta a otra realidad.
La importancia clave del cambio de régimen en Venezuela en lo que parece ser una estrategia más amplia de Estados Unidos para recuperar su poder imperial en América Latina aún no queda muy clara. Cabe la posibilidad de que el deseo de un cambio de régimen sea solo una fantasía para que los votantes estadounidenses vean un resurgimiento de la Doctrina de Monroe y así recuperar el terreno perdido (frente a potencias como China y Rusia) en la región. ¿Y si la promesa de derrocar a Maduro, que la oposición venezolana ya ha hecho varias veces y que ha subestimado el control del gobierno sobre el ejército (que ahora vive en gran parte en el exilio), no fuera el objetivo de la estrategia? Si Maduro permanece en el poder a pesar de la reciente muestra de fuerza y el conflicto se convierte en un bloqueo naval y “total” que sigue ahogando la economía venezolana (parecido al caso de Cuba), los límites de la postura intervencionista de Estados Unidos, junto con las estrategias promovidas por la oposición de la derecha venezolana, podrían quedar al descubierto.
Muchos de los que apoyan las opiniones de Machado son los mismos venezolanos que han sufrido en carne propia las políticas racistas antiinmigrantes impulsadas por el segundo gobierno de Trump. Como mínimo, es muy posible que tengan familiares cuyas vidas se han visto trastornadas por estas políticas. El ejemplo más claro es la eliminación del Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés) para los venezolanos en el 2025, un beneficio migratorio que le permitió a aproximadamente 600.000 venezolanos vivir legalmente en Estados Unidos desde el 2021. La ironía es que la justificación para ponerle fin al TPS fue que las condiciones en el país habían mejorado en gran medida, lo que parece contradecir la idea de que Venezuela sigue gobernada por un cártel de drogas.
A pesar de la aparente contradicción, el presidente Trump ha sido consistente en lo siguiente: su odio por los venezolanos y todos los inmigrantes no blancos, la deportación pública e inhumana de 250 jóvenes acusados de ser parte de la pandilla Tren de Aragua (una acusación sin pruebas que se ha utilizado para la detención injusta, la deportación y la tortura de estos jovenes sin ninguna protección judicial) a la superprisión CECOT en El Salvador en marzo de este año, otro ejemplo de este proceso de deshumanización. Trump ha dicho públicamente que el gobierno venezolano tiene la culpa de exportar delincuentes y drogas a Estados Unidos. Desafortunadamente, una narrativa que algunos venezolanos en Estados Unidos repiten es que hay una diferencia entre el grupo del TPS del 2021, que llegó en su gran mayoría por avión y con visa, y el grupo del TPS del 2013, que en su mayoría atravesó el Tapón del Darién. Esos grupos son los “marginales” que le dieron mala reputación a los venezolanos en Estados Unidos. Aparte de estos detalles muy marcados por las jerarquías raciales, de clase y género que algunos venezolanos utilizan para reivindicar su propio derecho a estar en Estados Unidos, la caracterización generalizada de los venezolanos como delincuentes por parte del gobierno de Trump ha demonizado a todos los venezolanos. Por lo tanto, la idea de que este es el gobierno que llevará la paz y la democracia a Venezuela no solo es desconcertante, sino totalmente contradictoria.
Se requiere un ejercicio del imaginario político
Agotados en gran medida por años de navegar y superar muchas crisis diarias, y silenciados por un régimen represivo que ha tomado más fuerza en los últimos años, frente a esta crisis la articulación de los venezolanos de una respuesta basada en soberanía fuera de las soluciones planteadas por el gobierno o la oposición de la derecha es muy limitada. Desarrollar esa capacidad requerirá de un ejercicio del imaginario político, una movilización a gran escala de fuerzas fuera de los caminos ya establecidos, diálogo colectivo y sanación social, pero la pregunta sigue siendo si la gente común en Estados Unidos, Venezuela u otros países latinoamericanos tiene voz en el cómo se de desarrollarían estos procesos.
En medio de este conflicto y tratando de sobrevivir en diversas partes del mundo en condiciones cada vez más hostiles, esta gigantesca tarea en la coyuntura actual parece un poco utópica, pero hay algo claro: una respuesta verdaderamente democrática y soberana requerirá pensar más allá de los caminos presentados por las élites políticas, cuyos intereses no están alineados con los de la mayoría de los venezolanos que han aguantado el peso de este conflicto. Los países latinoamericanos como México, Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Brasil, que han vivido los efectos negativos de la inmigración venezolana masiva e inesperada, también tienen interés en este conflicto.En gran medida se han adherido a la estrategia de la derecha de cortar los lazos y, en algunos casos, las relaciones diplomáticas con el gobierno venezolano, y han contribuido a convertir a Venezuela y a sus habitantes en una paria regional.
Estas medidas, en lugar de debilitar el régimen de Maduro, han hecho más difícil la vida de los migrantes venezolanos y han fomentado reacciones xenófobas en los países receptores. Además, si la estrategia militar consiste en frenar el tráfico de drogas, la migración hacia Estados Unidos y recuperar Suramérica como esfera de influencia de Estados Unidos, también se justifica una respuesta unificada de la región. La Unión Europea no deja de tener un papel importante que desempeñar, pero actualmente parece seguir el ejemplo de Estados Unidos.Cuando esta alternativa se haga más visible, se podrá movilizar la solidaridad entre los venezolanos, tanto en el extranjero como en su país, y los actores internacionales se unirán en torno a una causa común que puede conducir a la paz y al bienestar colectivo, tanto de Venezuela como de la región.
Sin embargo, primero tenemos que reconocer el deseo de intervención estadounidense entre varios sectores de la población venezolana, los orígenes de tales contradicciones y las explicaciones de la profunda crisis económica y política que los venezolanos han tenido que enfrentar por muchos años. Afirmar que las sanciones han afectado negativamente al país no significa negar la corrupción, la mala gestión económica, la falta de rendición de cuentas, las violaciones de los derechos humanos y las prácticas antidemocráticas del gobierno de Maduro, sino que estos procesos deben verse en relación entre sí.
También debemos de ser realistas sobre el control material y simbólico del poder por parte de Maduro; hay razones estructurales que explican los bajos salarios de los trabajadores del gobierno y que permiten comprender por qué las redes de clientelismo impulsadas por el gobierno y el ejército, y los niveles capilares de corrupción cotidiana, se han convertido en estrategias básicas de supervivencia en Venezuela. Por tanto, no podemos ignorar el temor que despierta un cambio a la fuerza para los chavistas comprometidos y tal vez también desilusionados, y entre los actuales partidarios del gobierno que no apoyarían una transición “democrática” tal y como se propone actualmente. También debemos reconocer la represión desenfrenada y el miedo que domina la política en Venezuela y en Estados Unidos, y que impide cualquier respuesta unificada ante las amenazas actuales.
Antes de que perdamos toda capacidad de acción política en torno a esta situación, estos son hechos que debemos considerar simultáneamente si queremos comprender y pensar en soluciones reales a los problemas que afligen a los venezolanos comunes. Si este es un momento decisivo para todos los venezolanos, espero que la lección sea que la guerra no puede ser una opción. Una intervención militar estadounidense causará más estragos en el país y en la región.
El mensaje que mandó Maduro con su inglés exagerado y con un tono de burla, “no a la guerra, sí a la paz”, se ha vuelto viral en las redes sociales y tiene una profunda resonancia. Una vez más los avances militares de Estados Unidos y las muertes injustas e innecesarias, le dan más fuerza al poder de control que Maduro tiene sobre el ejército y contribuye al aumento del apoyo popular, sobre todo si el cambio deseado no se materializa en los próximos meses.
Biografía: Bramonte es un investigador social y escritor nacido en Venezuela y que actualmente vive en Estados Unidos. José I. Bramonte es un seudónimo.


